Juan Diego: ¿Mito ó Realidad?

Por: Hermano Isaac Hernández Martínez


Después de la quinta visita de Juan Pablo II a tierras mexicanas, cuyo propósito principal fue la canonización de Juan Diego, se levantó una gran algarabía en la grey católica por este suceso tan importante; millones de católicos mexicanos trataron por todos los medios de hacerse de una de las 20 mil invitaciones que proporcionó la iglesia para estar presentes en el momento de la entronización del indio mexicano.

De ésta multitud de personas quizás un bajo porcentaje se pregunte si en realidad Juan Diego existió, o si todo lo que rodea a las apariciones de la virgen de Guadalupe sean solo un mito.

A pesar de haber transcurrido casi 500 años de las apariciones guadalupanas, las dudas continúan, pero las voces que intentan hacerse escuchar son calladas por el fanatismo de millones de mexicanos y amenazas de excomulgación.

Hace cinco años alguien alzó la voz para decir que Juan Diego nunca había existido, y para sorpresa de todos ese alguien era el abad de la basílica de Guadalupe: Guillermo Shulenburg, quien afirmó que si el papa lo canonizaba quedaría en ridículo. Las criticas no se hicieron esperar, las amenazas de excomulgación, ¿el por qué después de 30 años de administrar el centro religioso más grande de América asevera que Juan Diego es un mito?; toda la maquinaria católica se le echó encima, pero después de pasada la tormenta, hoy el ex abad goza de tiempo para estar en sus tres mansiones, para admirar su colección de autos de lujo y gozar de una “merecida” pensión.

Tras largos años de investigación ¿tiene la iglesia católica, con base en los datos que hay, con todo rigor histórico, científico y moral, asegurar la existencia de Juan Diego? ¿Se puede demostrar, con seguridad absoluta el milagro guadalupano? No, y a continuación se muestran los argumentos históricos que niegan este acontecimiento.

Entre los argumentos contrarios a la tradición Juandieguina está el hecho de que el arzobispo fray Juan de Zumarraga, ante quién Juan Diego habría mostrado su tilma con las rosas y la imagen de Guadalupe, ignoró en sus textos el hecho portentoso, además de escribir 16 años después lo siguiente: “Ya no quiere el redentor del mundo que se hagan milagros, porque no son menester; pues esta nueva santa fe tan fundada por tantos millares de milagros como tenemos en los dos testamentos, lo que pide y quiere es vidas milagrosas”.

La imagen de María de Guadalupe fue traída por los conquistadores desde Extremadura, España, donde se veneraba.

Francisco de Bustamante, provincial de los franciscanos en el siglo XVI, en un sermón pronunciado el 8 de septiembre de 1556, en la catedral metropolitana, dijo: “La devoción que esta ciudad ha formado en una ermita y casa de Nuestra Señora, que han intitulado de Guadalupe, es en gran perjuicio de los naturales porque les da a entender que hace milagros aquella imagen que pintó el indio Marcos”. Bustamante argumentó que la devoción guadalupana era contraria a las prédicas de los frailes evangelizadores y criticó la actitud del segundo arzobispo de México, Alonso de Montúfar, por promover el culto a la imagen y decir que realizaba milagros. Montúfar instruyó un juicio a Bustamante, pero ninguno de los dos hablaron de las apariciones ni mencionaron el nombre de Juan Diego.

Entre 1531 y 1648, los temas y decretos de los sínodos eclesiásticos y de los concilios provinciales; las “juntas” mexicanas de 1524-1546 y los grandes concilios de 1555, 1565 y 1585, no citan a Juan Diego ni hacen referencia a las apariciones, a pesar de que la tradición dice que éstas ocurrieron en 1531.

Fray Bernardino de Sahagún, que era historiador, antropólogo y lingüista dejó mención de que se le rendía culto, en una colina, a una imagen que suponía, formaba parte de la devoción a la diosa Tonatzin Cihuacóatl (“nuestra señora venerada madre la mujer serpiente”). Condenó lo que calificó de idolatría, pero de las apariciones y Juan Diego nunca escribió una palabra.

Yendo más adelante, en el siglo XIX, por petición del entonces arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, el historiador Joaquín García Icazbalceta hizo un estudio sobre las apariciones. Católico ferviente, García Icazbalceta lamentó que el hecho guadalupano no fuera cierto y concluyó su carta al arzobispo de esta manera: “De todo corazón quisiera yo que un milagro tan honorífico para nuestra patria fuera cierto, pero no lo encuentro así, y si estamos obligados a creer y pregonar los milagros verdaderos, también nos está prohibido divulgar y sostener los falsos”.

En marzo de 1982, en Roma, Sandro Corradinni, relator de la congregación para la causa de los santos, adelantó a Enrique Salazar, director del centro de estudios históricos guadalupanos, lo siguiente: “Mire: de Juan Diego no hay nada. La virgen de Guadalupe es un mito con el que los franciscanos evangelizaron a México. Juan Diego no existió. ¡Vea -dijo, señalando una pila de documentos en el suelo-, vea lo que tenemos ahí, y no sirve. Juan Diego no pasa...”

El único argumento histórico que tienen de su lado los aparicionistas es el códice 1548, que encontró Xavier Escalada, el cual a todas luces es apócrifo.

A pesar de éstos documentos históricos que los jerarcas católicos han ignorado, ahora presentan a un Juan Diego distinto: hombre blanco noble, barbado y potentado, dejando a un lado lo que años atrás predicaban que él era: indio y pobre.

473 años han transcurrido desde la supuesta aparición de la virgen de Guadalupe, pero ¿por qué la iglesia católica se empeña en canonizar a alguien que nunca existió y por ende una aparición guadalupana que jamás hubo?

Entre los motivos que tienen peso en esta determinación, se deben considerar los siguientes:

Estos motivos nunca podrán ser más importantes que el sustento bíblico, el cual niega que debamos adorar a una imagen, la cual en este caso representa a un hombre (Éxodo 20:4).

Juan Diego según las creencias católicas vendrá a sentarse junto a Dios, pero el apóstol Pablo dice «colocándole -a Cristo- a su diestra en los cielos, sobre todo principado y potencia...» (Efesios 1:20-21); el único que puede estar sentado al lado de Dios es Jesucristo (Hechos 7: 56, Romanos 8:34).

Otra de las virtudes que tendrá este Juan Diego, será el hecho de ser un mediador entre Dios y los hombres, y ayudar en las necesidades que tengan los hombres, el mismo apóstol Pablo pone en el suelo esta falsa doctrina: «Por que hay un Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1ª Timoteo 2:5); y en cuanto a que a él podemos pedir ayuda, el mismo Jesús nos aclara esto «Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo» (Juan 14:13).

Si en verdad se pudiera probar la existencia de Juan Diego, la sana doctrina de la Iglesia de Dios debe considerarlo un anatema (Gálatas 1:8), puesto que él vino a traer el culto a una deidad femenina llamada Guadalupe, culto totalmente desaprobado por las Sagradas Escrituras (Gálatas 1:6-9).

A la luz de las Sagradas Escrituras y a un riguroso estudio histórico ha quedado probado que la veneración a Juan Diego esta prohibida por la Biblia y que este hombre jamás existió.

Esto deja en claro que la doctrina de la iglesia católica es falsa y todo lo que le rodea no tiene nada de Dios.



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